Ficha de diálogo de carmelitas, 1960

DIÁLOGO DE CARMELITAS. 1960 (Les dialogue des carmélites)

FICHA TÉCNICO-ARTÍSTICA

Género: Drama, histórico

Nacionalidad: Francia / Italia

Director: Philippe Agostini; Raymond Leopold Bruckberger

Actores: Jeanne Moreau; Alida Valli; Madeleine Renaud; Pascale Audret; Pierre Brasseur; Jean-Louis Barrault; Anne Doat; Georges Wilson; Simone Angèle; Lucien Arnaud; Pierre Bertin; Franca Bettoia; Pascale de Boysson; Daniel Ceccaldi; Jacqueline Dane; Paula Dehelly; Hélène Dieudonné; Yvette Etiévant; Lydia Lester; Margo Lion; Judith Magre; Renaud Mary; Pascal Mazzotti; Claire Olivier; Nicole Polack; Albert Rémy; Hélène Vallier; Julien Verdier

Productor: Jules Borkon

Guión: Philippe Agostini; Raymond Leopold Bruckberger

Fotografía: André Bac

Música: Jean Françaix      

Duración: 112 min.

SINTESIS En plena Revolución Francesa, la joven Blanche de la Force decide protegerse en un convento y por eso ingresa en la Orden Carmelita. Allí conoce a la alegre monja Sor Constance y a la Madre Marie, entre otras, y es feliz junto a ellas a pesar de los conflictos externos y de las presiones de su padre para que deje el convento. Bello film, basado en la real y trágica historia acontecida con las dieciséis monjas carmelitas del convento de Compiègne en 1794, y recogida por el escritor francés George Bernanos en su obra teatral homónima, que a su vez se inspiró en la pieza “La última del cadalso” de la escritora Gertrud Von Le Fort. No podemos dejar de mencionar con paralela inspiración literaria la ópera de Francis Poulenc inmediatamente anterior al film de Raymond Leopold Bruckberger.

“DIALOGOS DE CARMELITAS”, joya del cine clásico

Uno de los temas que ha redescubierto con toda su crudeza la historiografía mas reciente es el proceso descristianizador y la persecución religiosa que desencadenó la Revolución Francesa. La militancia no sólo anticlerical sino también antirreligiosa —esto es, anticatólica— estuvo presente en no pocos revolucionarios desde el principio, aunque únicamente mostraran estos sentimientos con virulencia en determinadas ocasiones. Sólo durante el Terror fueron asesinados 225 sacerdotes y 4 obispos. Un buen porcentaje del clero francés, así como de los religiosos y religiosas, fue asesinado a lo largo del proceso revolucionario, basándose en los cargos penales más inciertos. De hecho, sólo un 10 por 100 de los ejecutados en la guillotina eran aristócratas; los otros 25.000 fueron clérigos y gente del pueblo o de la burguesía, muchos de ellos condenados por sus ideas católicas. Entre esos ajusticiados estuvieron dieciséis monjas carmelitas del convento de Compiégne, ejecutadas en Grève, en pleno periodo del Terror, por “actividades antirrevolucionarias” y por negarse a renunciar a sus votos monásticos. Fueron llevadas de Compiègne a París, donde fueron juzgadas. Murieron en la guillotina el 17 de julio de 1794 en la plaza du Trône-Renversé, actualmente plaza de la Nación en París. Fueron enterradas en fosas comunes en el cementerio de Picpus. El papa Pío X las beatificó el 17 de mayo de 1906.

Esos hechos reales los recreó la escritora católica alemana Gertrud Von Le Fort en su novela corta La última del cadalso, que inspiró, a su vez, Diálogo de carmelitas, última obra del escritor francés George Bernanos, escrita como guión de cine pero estrenada primero en el teatro. Fiel a su visión algo trágica del cristianismo, Bernanos relata los hechos a través de la joven Blanche de la Force, que decide ingresar en el convento de Compiégne para protegerse del mundo exterior. Allí conoce a Sor Constance y a la madre Marie, entre otras, con las que se siente feliz, a pesar de las presiones de su padre para que abandone su vocación y del creciente acoso de las autoridades republicanas, cada vez más anticlericales y canallas.

La espléndida versión fílmica de todo ese rico material histórico y literario la dirigieron con muy buen pulso el famoso fotógrafo Philippe Agostini —colaborador de casi todos los grandes cineastas francesas— y el dominico Raymond Leopold Bruckberger, escritor y divulgador religioso muy popular en Francia por esas fechas. Entre los dos consiguieron una gran película, de luminosa factura visual y excelentes interpretaciones, entre las que destacan las realizadas por unas jovencísimas Jeanne Moreau y Alida Valli. Con toda justicia, la película obtuvo el Gran Premio 1960 de la Oficina Católica Internacional del Cine (OCIC), así como el Fotogramas de Plata 1961 al mejor intérprete de cine extranjero (Jeanne Moreau) y el Premio Sant Jordi a la mejor fotografía en película extranjera (André Bac).

Jerónimo José Martín.

LA ÚLTIMA EN EL CADALSO

Gertrud von Le Fort (1876-1971) es una escritora alemana, protestante de nacimiento que entró en la Iglesia católica en 1926, dos años después de haber publicado sus Himnos a la Iglesia . Había estudiado historia, filosofía y teología protestante en Heidelberg, Marburgo y Berlín. En 1928 publicó también la novela autobiográfica El velo de Verónica, que culminará dieciocho más tarde con La corona de los ángeles.

El elemento biográfico está también presente en esta obra. En 1930 –según una de las versiones–, Le Fort estuvo alojada en un convento donde le prestaron un libro para que se distrajera. Este contenía la historia de las carmelitas de Compiègne, condenadas a la guillotina en Grève en 1794, durante la Revolución Francesa. Dos años después de esta lectura aparecía La última del cadalso. Esta historia dará lugar también a la obra de teatro de Georges Bernanos Diálogo de carmelitas (1952). Sin embargo, en la versión de la escritora alemana, hay una mayor profundidad psicológica y religiosa. La novelista imaginó la vida de una novicia (la casi homónima a la autora Blanca de la Force) que dio muestras de debilidad en la persecución. Ahí se cuenta el heroico martirio de las dieciséis carmelitas, quienes, bajo la dirección de su madre superiora, Madeleine-Claudine Lidoine en la novela, tomaron el camino de la guillotina, mientras iban cantando el himno Veni, Creator Spiritus.

Esta pequeña novela contiene la profundidad de un alma femenina y alemana al contemplar estos tristes hechos. La obra y el final son sorprendentes: el miedo, reacción natural ante lo incierto, son magnificados en la débil y trémula figura de Blanca de La Force. Contrastan con su carácter asustadizo las recias figuras de la maestra de novicias, sor María de la Encarnación, y las demás monjas.

En esta obra, Gerturd von Le Fort más que narrar la historia de la ejecución de estas heroicas religiosas, se centra en la batalla del alma de esta novicia, quien a veces parece dar muestras de caer en el miedo y la desesperación. El misterio de Blanca permanece oculto a los ojos de la mayoría de las demás religiosas. Sin embargo, queda al mismo tiempo claro que la fortaleza de estas mujeres tiene una fuente por encima de la voluntad humana.

http://www.youtube.com/watch?v=P85S_70oSOk

DIÁLOGO DE CARMELITAS, TRAGEDIA REVOLUCIONARIA

El Real acoge la ópera de Poulenc ( 08/06/2006 )

Una de las novedades de la temporada madrileña es la presentación de la ópera Diálogos de Carmelitas de Poulenc en el Real. Es probable que sea su estreno en Madrid. Desde luego de 1964 hasta aquí no se ha puesto en escena; y vio la luz solamente siete años antes, el 26 de enero de 1957, en La Scala de Milán. Se basa en un guión cinematográfico de Georges Bernanos, seguidor a su vez de la novela La última del cadalso de la alemana Gertrud von Le Fort de 1931, que narraba el hecho histórico de la ejecución, el 17 de julio de 1794, en plena Revolución francesa, de 16 monjas del convento de Compiègne.

Diversos problemas personales y dificultades en la adquisición de los derechos retrasaron el estreno (en italiano). El libreto, que aligera notablemente el original, se centra más en la lucha interior de Blanche de La Force, en su conflicto de fe, en los aspectos espirituales de ella y de las monjas, que en la acción de trasfondo histórico-político. Entre las influencias, y fue el mismo compositor quien las señaló en su día, figuran las muy queridas de Debussy -estamos en la estela de Pelléas en cuanto a estructura y disposición discursiva-, Monteverdi -características frases de corte ascendente-, Musorgski -declamación, recitativo melódico, escenas conversacionales entre las monjas, escenas con los comisarios, lectura del carcelero- y Verdi -muerte de la priora, con Aida y Trovador al fondo-. La escritura, de gran refinamiento, es melódica, tonal, con estratégicas disonancias. Los interludios tienen con frecuencia aire de marcha, más o menos fúnebre, y aprovisionan de material temático y armónico a las escenas subsiguientes, en un trabajo de variación continua admirable y cargado de sentido dramático. Abundan los trémolos, los ostinati, los ritmos obsesivos. La secuencia final es espléndida: una hermosa y climática Salve Regina. Los terroríficos golpes de la guillotina van sonando a medida que las monjas van cayendo, en una despedida cuyo planteamiento recuerda al de la Sinfonía de los Adioses de Haydn. El Deo Patri gloria de Blanche, la última en subir al cadalso, resulta especialmente conmovedor.

El amplio reparto, en el que intervienen nada menos que 27 voces, aparece encabezado en estas funciones madrileñas, que se abren hoy mismo, por la veteranísima Raina Kabaivanska, que encarna a la vieja priora. A su lado destacan los nombres de Andrea Rost, Gwynne Geyer, Barbara Dever y Patricia Petibon, una especialista en el papel de Sor Constance. La minuciosa y firme batuta de López Cobos estará en el foso. La producción, de la Opera Neerlandesa, promete: viene avalada por la firma del canadiense Robert Carsen.

LAS IDEAS DE LA ILUSTRACIÓN FRANCESA

Son diversos y múltiples los elementos que configuraron la filosofia de la Ilustración, y no deja de ser un poco temerario tratar de condensar en pocas páginas lo que fue uno de los más vigorosos movimientos intelectuales de toda la historia. Hagamos, sin embargo, un intento de aproximación.

La Revolución Francesa tuvo como uno de sus antecedentes a otra revolución que no por silenciosa fue menos profunda y trascendental: la Revolución Científica del siglo XVII. En efecto, gracias a los trabajos de Galileo, Descartes, Bacon, Newton y de muchos otros se configuró una idea del cosmos apoyada en un cuerpo sólido de leyes matemáticamente demostrables. El mundo físico pudo ser explicable en términos cuantitativos. La mecánica newtoniana era la síntesis científica más completa elaborada por el hombre y la más perfecta manera de explicar los fenómenos naturales.

Este inmenso logro llevó al ser humano a tomar conciencia –como en ninguna otra época de la historia- de sus potencialidades para dominar la naturaleza por medio de conocimiento científico. El mundo fisico podía ser transformado en beneficio del hombre. La naturaleza, que en la cosmología medieval era objeto de contemplación, podría ser ahora, gracias a la tecnología derivada de las ciencias, un objeto de dominio y explotación que permitiera al hombre un mayor bienestar.

Esta entronización del conocimiento científico indujo a los sabios y pensadores del Siglo de las Luces a considerar como verdaderos sólo los hechos y las teorías que podían ser verificadas o demostradas por métodos científicos cada vez más rigurosos.

El elemento medular de esta actitud era la confianza absoluta en la Razón humana como el único instrumento para comprender la realidad. La racionalidad de un hecho sea de la naturaleza que fuere era el criterio parajuzgar si era verdadero o falso. Diderot expresó con claridad el ideario de la época cuando escribió: “Tensamos que el mayor servicio que se les puede hacer a los hombres es enseñarles a utilizar su razón, para que así puedan tener por verdadero solamente lo que han verificado y comprobado“. El cosmos estaba estructurado en forma racional y el orden y la armonía de sus leyes así lo probaba.

No fue dificil para los pensadores del siglo XVIII dar el paso siguiente: pasar del mundo de las ciencias al mundo moral, o sea del estudio de la fisica y la astronomía al de la política y la sociedad, y pretender que el mismo orden y armonía que existía en aquéllas podía y debía también existir en éstas. La razón humana era capaz de revelar ese orden del mismo modo que había develado a los científicos los secretos de la naturaleza. Era entonces necesario crear una ciencia de la sociedad, de la política y de la economía, que estuviera regida por leyes tan rigurosas como las de la fisica.

Pero esto no era tan sencillo. Largos siglos de tradiciones y costumbres habían creado estructuras sociales, instituciones políticas y relaciones económicas absurdas y opresivas que eran rechazadas por la razón por estar basadas en la sup!trstición, el miedo y la explotación. Lo que la ciencia medieval había sido para la ciencia moderna, así la sociedad del presente debía ser para la sociedad del futuro: el paso de las tinieblas, el oscurantismo y la servidumbre, a la luz, la razón y la libertad.

Fue de esta manera como los ilustrados franceses percibieron con claridad lo que debían destruir para, después, sobre sus ruinas, levantar la nueva sociedad. Leyes, instituciones y hábitos debían ser modificados a fondo y para ello la mejor arma de que dispusieron fue la crítica histórica, ya que fue en el estudio del pasado donde encontraron el origen de todos los males que padecía la sociedad de su época, a saber, la desigualdad social, el despotismo monárquico y el fanatismo religioso. Su crítica histórica caló hondo cuando denunciaron como cuestionables el derecho divino de los reyes, los fueros del clero y de la nobleza y la autoridad de la religión revelada. Era, en suma, una cruzada tendiente a reformar -y si era necesario a destruir- un orden para erigir otro, dictado por la razón. La incredulidad, sea en el campo que fuere, caracteriza al pensamiento ilustrado. Su fe en la razón tuvo como fundamento, paradójicamente, el escepticismo más radical. En D’Argenson, Chamfort, Morelly, Diderot, Voltaire, D’Holbach, Condillac, Helvetius, y en otros más, incluidos novelistas como Laclos y Sade, encontramos ese profundo espíritu crítico que los llevó a atacar, sin consideraciones para las tradiciones venerables y los convencionalismos, todo el edificio de la sociedad en que vivían, desacralizar lo sagrado y desmitificar las autoridades y los poderes establecidos.

Su principal punto de ataque fue la religión institucional y religional pues en ella encontraron el origen de la superstición y el fanatismo, en el que estaba hundido el pueblo llano. La religión era, según ellos, el falso consuelo de los oprimidos, de aquéllos que al no poder esperar nada de esta vida ponían sus esperanzas en la otra. Muchos siglos de cristianismo tiránico habían reprimido y aun atrofiado su razón con creencias absurdas y con supersticiones sin número.

Sin el menor respeto a la fe tradicional de una Francia que desde Clodoveo había dado santos y mártires, los deístas y ateos del Siglo de las Luces inundaron la tierra de Juana de Arco, la heroína de las revelaciones y las voces que había salvado a Francia, de libelos satíricos y de pasquines difamatorios, de libros de teología natural y de coplas irreverentes contra el clero, los sacramentos y la Escritura sagrada. Casi no hubo punto de la religión que autores como Voltaire no pusieran en la picota primero de la duda y luego del sarcasmo. Su Diccionario Filosófico, ese monumento a la impiedad, fue el evangelio de una generación irreverente. Su poema La Doncella, donde ridiculizaba a Juana de Arco, circulaba manuscrito, y fue la charla obligada de los salones de enciclopedistas y librepensadores de mediados del siglo. El mismo Voltaire, en su guerra contra “la inflame“, que así calificaba a la religión cristiana, emprendió ya en la vejez la redacción de una obra titulada La Biblia al fin explicada, donde destruía en medio de sarcasmos todos los versículos del Génesis tachándolos de fábulas ridículas. Ciertamente a la lucha a contra el cristianismo no le fue ajena la represión y la, censura, pero estos filósofos supieron bien encubrirse en el anonimato y en los falsos nombres. No hubo artimaña que no emplearan para hacer imprimir y difundir sus escritos. La Francia del siglo XVIII vio cómo la religión de sus padres era atacada en el seno de su cultura, es decir desde dentro de ella misma. Este fenómeno sin precedentes en cuanto a la intensidad de la contienda, explica el que durante las horas más sombrías de la Revolución se haya llegado a extremos de persecución religiosa que no habían sido contemplados en Europa desde la época del Imperio Romano.

Al actuar de esta manera los filósofos franceses del XVIII debilitaron hasta tal punto la estructura de la religión institucionalizada que muchos clérigos y abates pasaron a sus filas y desde ahí atacaron al poder eclesiástico al cual servían. Pero, además, vulneraron seriamente a una institución que había sido aliada de la monarquía por cientos de años. La ancestral alianza entre el trono y el altar fue puesta en entredicho con lo que ambas formas de autoridad se vieron necesariamente cuestionadas.

El ataque contra la religión tuvo además otro cometido: erradicar de los grupos no privilegiados la idea de una vida en el más allá, con lo que los impulsaron a buscar en ésta vida lo que era dudoso que encontraran en la otra.

Simultáneo a su ataque contra la religión los ilustrados denunciaron la irracionalidad de la estructura social que contradecía visiblemente el orden de la naturaleza al exhibir sus injusticias. Era necesaria una reforma social aunque pocos de entre ellos creían que debía hacerse en forma violenta. Algunos predijeron una revolución, pero ninguno vio en el futuro un reinado del Terror.

La premisa de la que partieron era una figura retórica no sólo verdadera sino también co nvincente: el hombre es bueno al nacer, la sociedad lo corrompe y lo hace malo. Es pues necessario estudiar cuáles son los elementos que hacen nociva a la sociedad y eliminarlos.. De esta -forma las voces que se habían levantado contra la autoridad religiosa entre 1750 y 1770, comenzaron, desde aproximadamente este año y hasta la Revolución, a impugnar los derechos de la nobleza hereditaria y la injusta estructura jerárquica de la sociedad. Los más radicales se atrevieron incluso a criticar el derecho divino de los reyes que, según ellos, carecía de fundamento ético e histórico.

A menudo se ha dicho que los filósofos del siglo XVIII se preocuparon sólo en destruir sin poner nada en lugar de lo que habían tan cuidadosamente demolido. Esta aseveración no es del todo exacta. Ciertamente, como ya dijimos, su pensamiento fue eminentemente crítico y escéptico y sus ataques a la, religión y a la estructura política y social de su época tenía como finalidad la destrucción de la p’rimera y la reforma de la segunda. Pero esta actividad crítica no se hubiera llevado a cabo de no estar animada de una profunda convicción, impregnada de optimismo, sobre lo que podría ser el futuro de la humanidad. No deja de ser una extraña paradoja que el Siglo de las Luces y de la Razón haya sido también un gran siglo de la fe. Pero no de la fe al modo cristiano, sino de la fe en una idea que con altibajos ha llegado hasta nuestros días: la idea del progreso.

En efecto, la idea básica, la concepción teórica más notable que nos legó la Ilustración la idea que hace de ésta una Cosmología– es la creencia de que todos los seres humanos pueden alcanzar aquí, sobre esta tierra, un estado de perfección que hasta entonces sólo se había creído posible, dentro del pensamiento occidental, para los cristianos en estado de gracia, y sólo después de su muerte-. -Este fue el corolario de todo el ideario ilustrado: el hombre era perfectible y por lo mismo susceptible de alcanzar la felicidad en un paraíso terrenal y no celestial. Era lo que Carl Becker denominó “la ciudad de Dios del siglo XVIII“; una ciudad utópica edificada en la tierra para la felicidad de todos los hombres ya liberados de todos los yugos de la ley, la sociedad, la religión y la autoridad que los habían asfixiado durante siglos. Y la felicidad del género humano estaba cerca, tan cerca que muchos de los ilustrados creyeron poderla ver antes de morir. De lo que para ellos significó ese gran acto de fe vivificante dio cuenta Saint-Just, el joven revolucionario francés quien ante la Convención afirmó, con una simplicidad engañosa, lo que fuera el credo de toda una época: “la felicidad -dijo- es una idea nueva en Europa“. Nosotros, a doscientos años de distancia, ya sabemos los peligros que encierra esa promesa nunca cumplida.

TOMADO DE

LOS ORÍGENES INTELECTUALES DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA

http://biblioteca.itam.mx/estudios/estudio/letras17/textos1/sec_2.html

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